No hay pegamento

Por Rafael Sanmartín Ledesma

EuropaNO HAY PEGAMENTO para unir Europa. Porque la intención de Europa no es unir Europa. Eso fue lo que sacó de la Comunidad a sus impulsores. Ellos proyectaron unir pueblos, culturas, voluntades. Desde el primer momento, las comunidades europeas “se conformaron” con facilitar intercambios comerciales. Ambos resolvían las causas que en el pasado provocaran enfrentamientos bélicos; pero la solución adoptada creó un nuevo y, hasta entonces inexistente.

Podría. Pudiera ser un sueño apetecible una Europa unida, dónde todos los pueblos gozaran los mismos derechos y las mismas posibilidades. Dónde los enfrentamientos pasados dieran lugar al entendimiento, basado en el respeto a todas las culturas; dónde se tienda a igualar por la economía, mientras se respeta la cultura y la historia peculiar de cada uno. Eso era lo que buscaban los precursores, desde Ricardo Couvenhovi-Kalergi a Jean Monet.

Pero ambos abandonaron al verse abandonados por una Europa tan distante Europa, es decir, los estados y el capital europeo, jamás buscaron unos acuerdos basados en la igualdad y la cultura. Contrariamente, ha dividido su territorio en dos zonas bien diferenciadas: un norte productor y consumidor y el sur sólo consumidor; subvencionado hasta el límite de acabar con su capacidad productiva. En estas condiciones el panegírico de una supuesta “vida en común” o de la (también supuesta) “cultura común europea”, se diluye en su propio vacío; en el perverso intento de anular las culturas de Europa. Las dos Europa de los tiempos del Imperio romano, las muchas europas de la Edad Media, las europas del Renacimiento y el Barroco, que tanto y tan diverso como disperso arte dieron al mundo; las otra vez dos Europa de las guerras del siglo XIX y principio del XX, han dejado pasar la oportunidad de convertirse en una. Unos crean estructuras macroeconómicas, mientras otros, en vez de aunar, de sumar culturas, insisten en el burdo intento de anular la iniciativa y la historia de cada pueblo para imponer una forzada “cultura única”, tan cercano ideológicamente al pensamiento único.

Pero “Europa” no ha dejado pasar ninguna oportunidad. A la unión de Europa se oponen los europeos. Veamos: las entidades del segundo nivel USA (allí llamadas estados) se fueron formando casi simultáneamente a la creación del ente “Estados Unidos”. Suiza se formó, tras un largo proceso temporal, por acuerdo de los cantones existentes. Mantener simultáneamente dos entidades al mismo nivel es tan imposible como colocar dos cuerpos en el mismo espacio. Un Estado sea unitario o federativo, sólo puede existir si los entes que lo forman ocupan el segundo nivel, pero el sistema de subsidiariedad aceptado en Europa opone los Estados actuales a la posibilidad de un Estado europeo, pues la Federación es un Estado, y un Estado no puede estar formado por Estados (en el sentido de soberanía atribuido aquí a la palabra). Pero prácticamente nadie acepta la formación de un primer nivel –el Estado Europa-en tanto requiere la disolución de los actuales primeros niveles –los distintos Europa no son los pueblos europeos. Es un nombre en el mapa, regido por intereses económicos en busca de la concentración de empresas y capitales y del comercio con terceros, a costa de mermar la producción de las zonas internas dependientes. En estas condiciones resulta imposible pensar en Europa como un Ente. Por eso no hay pegamento con que “unirla”. ¿Quién puede querer una Europa marcada por las desigualdades, por la explotación del sur y la superioridad hegemónica del norte? Los explotados, desde luego, no. Pero los explotadores tampoco, pues una unidad política les forzaría a simular –al menos eso- una cierta homogeneidad, mientras su beneficio depende de la discriminación.

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