¿Por qué se van?

Por Rafael Sanmartín Ledesma.

Cansino Assens
Cansino Assens

¿Qué es el olvido?
dices mientras aprietas tu espalda
en el respaldo del sillón
¿Qué es el olvido?
y ¿tú me lo preguntas?
El olvido, es tu afición.

Con permiso de Gustavo Adolfo, el olvidado. Uno de los (muchos) olvidados.

¿Quién se acordó en Andalucía, que el pasado cumplieron 175 años de su nacimiento? ¿A quien le ha pasado por la cabeza, no ya declarar este “año becqueriano”, sino ni siquiera recordarlo con un acto aunque fuera breve?
Al Ayuntamiento de Sevilla, su ciudad natal, no. Ni al anterior ni al actual ni a la Junta de Andalucía, que debería pensar en Andalucía. A lo mejor es un “justo castigo” por haber nacido en Sevilla, que no se enteran… hombre, por lo menos, podrían disculparlo porque nació 140 años antes de que se constituyera el (des)gobierno andaluz.

Bécquer no es un caso aislado. Para cumplir aquello “tan bonito” de “mal de muchos, consuelo de tontos”, la Fundación Cansino Assens está a punto de emigrar a la “Capital del Reino”, cómo se fue la bailaora, por un local de ensayo en un pueblo de la periferia capitalina. Más grave es que no sean los únicos.

Los Ayuntamientos están faltos de agilidad (¿o simplemente se llama interés?). Algunos, porque otros bien que están al quite. Cuando en el cénit del retrógrado “que inventen ellos”, hace años, allá por los cincuenta, Écija rechazó una fábrica de cosechadoras y todo terrenos porque era “una tontería”, de inmediato a otro ayuntamiento andaluz, el de Linares no le importó “aceptar (ese tipo de) tonterías”. Para quienes veíamos aquello como vetusta muestra de un pasado vetusto, eriza el vello constatar su lacerante actualidad. Bécquer, Aleixandre, Carbonell, Taillefer, Canales, Pérez Estrada, Talavera, Aníbal González, Damas, Alberti, los Machado, Murillo, Velázquez, Herrera, Valdés, Ybarra, Pumar, Benjumea, –la lista sobrepasa en mucho el espacio disponible-, son algo más que piezas de museo o rótulos de calles. Deberían ser algo más. Mucho más. Andalucía continúa dando la espalda a sus valores del pasado y del presente. Ya es sintomático que Gustavo Adolfo Bécquer, puente entre el romanticismo y el modernismo y padre de este último, reciba en Aragón, en Castilla y hasta en Galicia, el reconocimiento que su Comunidad le oculta.

Ahora bien, es justo reconocerlo, se cuida bien el “mal de muchos…” dejando a su suerte al movimiento de artistas flamencos, que tenemos el deber moral de proteger y que, además de esa obligación, nos reportaría una alta rentabilidad cultural, estilística, de imagen y notoriedad y, por lo tanto, también económica.

El año de Bécquer todavía no ha terminado. Lo que se haga, o no, depende de la voluntad existente. Pero compréndase: es mucho pedir, pedir voluntad.

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